La otra cara del libro

¡Buenas tardes a todos!

Hoy quería hablaros de las historias que se pueden llegar a ver en el Centro de Salud. Pretendo que esta entrada sea un poco más humanista.

Tanto la semana anterior como ésta estoy rotando dentro del Centro de Salud con la trabajadora social. En mi CS tenemos la suerte, creo yo, de no pasar solamente por consultas de Medicina y Enfermería, sino de pasar por otros servicios del Centro. Y es que, si no conoces los recursos que hay en tu lugar de trabajo, ¿cómo se los vas a poder ofrecer a un paciente que los necesite? Desconozco si en alguno de los otros tres CS de la zona de salud se hace algo similar pero oye, para ser el CS que nadie quiere, no está nada mal. De hecho, me parece que está bastante completo y se ajusta a lo que yo quería, así que genial.

En fin, todo este párrafo introductorio viene a cuento de que durante estos días estoy siendo testigo de una historia bastante cruda. No quiero desarrollarla aquí por confidencialidad, pero digamos que engloba inmigración, maltrato a menores, negligencia, choque cultural y enfermedades congénitas en una sola pequeña criatura que están atendiendo los pediatras y el personal de Trabajo Social. La escena era sobrecogedora en cierto modo, o quizá a mí me lo pareció en ese momento por haber visto menos cosas, menos historias. La consulta con dos miembros de personal de Enfermería, la pediatra, la trabajadora social y yo. La pediatra y la trabajadora social preguntando a uno de los progenitores (el responsable), que era el que había venido… Escuchaban la historia que relataba y lo que pasaba con el otro progenitor (el negligente) y los hijos. La pediatra con los ojos humedecidos, con la criatura en brazos, sentada al lado de ese padre, escuchando cada palabra. El resto mirándonos, entendiéndonos con la mirada casi sin conocernos y dejando escapar algún resoplido que podríamos traducir como “vaya desastre”. Y yo pensando qué podría hacer si me tocase atender personalmente algún caso similar. No lo sabía. No se me ocurría nada.

Hay frases que, si las oyes salir de la boca de un niño, te dejan helado. “Mamá lleva el pegador en el bolso”. El pegador era una correa. No digo más.

No solo se ven historias crudas en el caso de los niños. Desde este tipo de consultas se pueden llegar a ver casos de adultos que también tienen una vida demasiado complicada para lo que nadie merecería. Mafias, extorsión, necesidad de abandonar la familia y pedir asilo político en otro país al otro lado del charco… ese tipo de cosas que sólo salen por la tele o en libros, y que parecen tan lejanas, pero son tan reales como cualquier otro cuento de hadas europeo.

Sigo pensando que alguien debería hacer algo con estas historias. No un médico, un trabajador social, no gente humilde que trata de hacer lo poco que puede o le dejan hacer. Alguien que realmente tenga poder para cambiar las cosas. Pero ya sabemos que para eso hace falta una voluntad que por desgracia parece que no existe en las esferas desde las cuales sí se podría hacer algo de verdad.

En cualquier caso, acudir a rotar en la Trabajadora Social es una experiencia que creo que todos los médicos deberíamos tener. Aunque sea apenas 15 días, no llega, como en mi caso, ya que con las guardias te pierdes un par de días. Porque si tan humana es nuestra profesión, si trabajamos para las personas, lo primero que tenemos que hacer es aprender a ponernos un poquito en el otro lado.

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