Las historias detrás de los pacientes

¡Buenas tardes a todos!

Cuando empiezo a escribir esta entrada, estamos en un fin de semana súper lluvioso por aquí, así que… qué mejor que aprovechar para seguir contando mis experiencias laborales primerizas por estos lares, con un café en la mano y calentita en casa 😊

Hoy venía a contaros mis primeras andadas por el primer rotatorio de hospital. Como sabéis, hasta ahora estaba en Centro de Salud, y ahora ya estoy por el hospital, hasta el último curso de la Residencia. Empezando por Digestivo.

La cosa es que este mes de Noviembre estoy en la parte de Gastroenterología, “Gastro” para los amigos, y el mes que viene en “Hepatología”. Sí, lo habéis adivinado: la llamamos “Hepato”. Ahorramos bastante en letras… ¿para qué acabar todo en “-logía” como debe ser, pudiendo ahorrar saliva? Jajajaja.

Creo que va a ser un rotatorio bastante amplio, y bastante útil. Hay mucha libertad para rotar por donde te apetezca: no vas atado a un adjunto concreto sino que vas coincidiendo con muchos de ellos y eso viene bastante bien para ver distintos estilos de trabajo. Normalmente me toca los lunes en hospital y el resto en Centro de Especialidades, pero le pedí a la última adjunta con la que estuve permiso para rotar con ella un día en Consultas Externas. Y es ahí donde empieza lo que os quiero contar.

Me llamó mucho la atención un paciente que vino, que era bastante joven, con una enfermedad inflamatoria intestinal. El chico en cuestión venía acompañado por su madre, que parecía bastante preocupada por su hijo. No porque estuviera mal en ese momento, ya que estaba bastante bien controlado, sino por la propia enfermedad en sí y los planes de viaje que su hijo tenía. Recuerdo que cuando entraron, lo primero que dijo el chico fue si podía hablar con la doctora a solas un momento. Por ello, nos fuimos tanto la madre como yo fuera de la consulta y cerramos la puerta. Al cabo de un rato, cuando acabaron de entrar, nos llamaron y entramos a la consulta, siguiendo con la misma con normalidad.

La cuestión es que cuando el chico y su madre salieron de la habitación, la doctora me contó (sin entrar en mucho detalle por la privacidad del paciente) que el chaval le había pedido un informe médico para actualizar su grado de minusvalía y ver si podía optar a alguna ayuda, porque su madre estaba sin trabajo y él necesitaba el dinero para estudiar. Seguramente la madre estaría montándose historias en la cabeza sobre por qué le había hecho salirse, pero la verdad es que los motivos eran más que humanos. El paciente solo quería ahorrarle a su madre el mal trago de pedir informes para obtener ayuda económica y conseguir ofrecerle a su hijo la posibilidad de estudiar un módulo que él quería. Nada de caprichos, estudiar.

Este tipo de casos son los que me hacen afirmar cada día con más vehemencia que son los pacientes, y no los libros, los que nos enseñan a ser lo que somos los (futuros) Médicos de Familia: especialistas en personas.

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