La vida en tiempos del COVID-19

¡Hola a todos!

No puedo empezar esta entrada de otra forma que no sea preguntándoos qué tal estáis todos vosotros, vuestras familias, y cómo lleváis el confinamiento. Estos días están siendo difíciles y ha habido que adaptarse vertiginosamente rápido a las circunstancias en que nos encontramos. Espero que la respuesta sea que estáis bien, todos sanos, y cumpliendo estrictamente las normas de confinamiento establecidas para estos días.

Los medios de comunicación no paran de bombardear con cifras nuestras mentes: número de casos confirmados, número de muertos, número de camas de UCI ocupadas, número de ingresados… Como era de esperar, y aquí voy a meter mi puntilla, ninguna cifra con respecto a Atención Primaria. Solo en prensa escrita se ha visto algún artículo de poca repercusión donde figuraban los médicos fallecidos hasta el momento. A no ser, por supuesto, que en el momento en que publique esta entrada se haya producido algún óbito fuera de la AP y yo no haya sido conocedora del hecho. En cualquier caso, los profesionales de Atención Primaria, así como otros profesionales como los farmacéuticos o veterinarios, por citar un par, siempre olvidados. Cuánto daño hace el hospitalcentrismo. En cualquier caso, todo eso que he comentado es algo a lo que, mal que nos pese, en mi especialidad, estamos acostumbrados. Lo cual no quiere decir que no nos duela.

Una cosa os voy a pedir: no difundáis cualquier información o link que os llegue por WhatsApp o RRSS: un 99’99% es mentira. O bien una ciberestafa. No contribuyamos.

No obstante, mi mayor pensamiento no está dirigido en esa línea. Pienso a diario en las personas que enferman gravemente y que no pueden despedirse de sus familias. Mueren solos. Pienso en el duelo patológico que dichas familias van a desarrollar. Pienso en gente como un paciente que atendí el otro día en Urgencias, que venía con un claro cuadro de ansiedad. El hombre en cuestión era extranjero, y había cierta barrera idiomática, pero me pude entender con él. Su hermano había muerto por el virus en su país de origen, y debido al cierre de fronteras no pudo ir a despedirse de él. El fallecido dejaba allí a su mujer y a tres niños menores, uno de diez años, uno de siete, y uno de cuatro. Le podía recetar ansiolíticos si así el paciente lo deseaba, pero no podía ofrecerle una solución real.

Estas cosas, en la salud mental del personal sanitario, también pasan factura. Convives con el miedo. “A lo mejor me contagio”, “a lo mejor contagio a mi familia”. “A lo mejor, el paciente que vi hace dos días y di de alta con síntomas leves, ha empeorado y ahora está ingresado”. “A lo mejor, el paciente que ingresé ha pasado a UCI”. “Qué habrá sido del paciente de UCI…”. Pero atención, este virus no solo es cruel con las personas que enferman y sus familias, no solo es cruel con el personal que trabaja atendiendo a los pacientes. No solo es cruel con las personas que trabajan en servicios esenciales, que no han podido detener su actividad. También trae consecuencias para las personas que enferman por otros motivos: consultas canceladas, aplazadas, intervenciones quirúrgicas de pacientes en largas listas de espera que, nuevamente, ven cómo la espera se alarga… y se alarga… Mientras tanto, conviven con su problema de salud. Pero lo peor es que algunos dejan de convivir con él porque también dejan de convivir con nosotros, en esta Tierra. Alguno que otro ha llegado al área de camas con un empeoramiento imprevisto de su salud a causa de un cáncer, y ha acabado en sedación. No lo he atendido personalmente, pero aunque de forma muy aislada, todo hay que decirlo, estas cosas pasan. Y duele.

Así que, a todos os lo digo. Sé que muchos ya os lo tomáis en serio, pero aún queda una pequeñísima parte de la población que hace lo que quiere.

Ese porcentaje de población debe ser 0%.

Si queréis compartir este texto, compartidlo. Me es indiferente si me citáis o no, solo tratemos de generar conciencia en las pocas personas que aún no la han desarrollado.

Por ti, por mí, por todos.

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